La ciencia devela los códigos del rumor

Las investigaciones  sobre el hábito de reproducir chismes han cobrado fuerza entre sociólogos y antropólogos.

Imagine que está en una reunión donde no conoce a nadie y debe socializar, ¿cuál sería su estrategia? Seguramente, evitaría los temas religiosos o políticos para no incomodar, pero comentar acerca de las condiciones meteorológicas tampoco parece muy atractivo. Lo más frecuente en un escenario como este es encontrar un conocido en común para hablar de él, dice la investigadora de la Universidad de Leicester, Inglaterra, Charlotte De Backer. “Ya que saliste de tal colegio, debes conocer a tal persona”, le dice uno a otro, y si la respuesta es afirmativa, “esa persona” se vuelve el combustible para una conversación que puede durar horas.

Esa es la génesis del chisme. Un hábito tan antiguo como la humanidad, pero que durante los últimos 10 años cobró fuerza en las investigaciones de sociólogos y antropólogos, atraídos por el fenómeno de la farándula, ese que mantiene sumidas a muchas personas en el devenir de la vida privada de las figuras públicas.

Hoy se sabe, por ejemplo, que hasta el 65% de las conversaciones que una persona tiene diariamente están dedicadas a chismear. Hombres y mujeres por igual, porque las distinciones de género casi no existen en este ámbito.

La tradicional imagen de las mujeres cotorreando las hace acreedoras del título de más chismosas, pero la evidencia indica que no es tan así. Diversos estudios han mostrado que el 71% de las conversaciones de ellas corresponden a pelambres, pero eso es sólo seis puntos porcentuales por encima de los varones (65%). En lo que sí difieren es en su reacción una vez que tienen el chisme en la punta de la lengua. Para ellas, la primera persona a la que acudir para informar de las novedades es una amiga. Los hombres, en cambio, esperan llegar a casa y contarlo a su pareja; sólo después lo comentarán con los amigos.

Tampoco existen diferencias culturales: En 1999, los investigadores de la Universidad de Nueva York indagaron sobre este fenómeno en 186 diferentes culturas en el mundo. No sólo se repetía en todas, sino que identificaron 24 temas en común.

CONTROL SOCIAL
Aunque pudiera pensarse que la farándula es la principal fuente temática para los chismes, está muy lejos de serlo. Una investigación realizada entre estudiantes de la Universidad de Ohio, en Estados Unidos, demostró que el 85% de los pelambres que se repiten es sobre personas cercanas, el 11% sobre individuos conocidos y sólo el 4% sobre algún famoso.

Es que detrás de este comportamiento, aseguran los especialistas, existe una raíz evolutiva. El investigador estadounidense Richard Wiener está preparando un libro en que revisa el hábito del chisme desde la prehistoria hasta el siglo XXI. Según explica a La Tercera, en los tiempos primitivos fue la principal herramienta que tuvieron los humanos para asegurar el control del grupo y sobrevivir. “Conocer todo sobre los miembros de una comunidad les permitía identificar a los más fiables y a los mejores aliados al momento de una crisis. Quienes manejaban más información de los otros fueron los más exitosos en esta tarea”, agrega.

El chisme fue consolidándose como un mecanismo para difundir normas sociales no escritas en ningún código. A partir de lo que se comenta sobre una persona, podemos inferir qué comportamiento es penado por el grupo social en que nos movemos y cuál es aceptado. En el estudio de la Universidad de Ohio, por ejemplo, el 64% de los consultados aseguró haber extraído un aprendizaje social de los chismes escuchados.

Pero no es todo. En 2007, la investigadora estadounidense Charlotte de Backer indagó sobre el contenido de los chismes en hombres y mujeres. Descubrió que para ambos sexos, cuando el protagonista de la historia era una mujer, el tema era su belleza. Pero si el personaje era un hombre,  su situación económica fue lo que congregaba los comentarios. Claro que De Backer descubrió que las personas prefieren hablar sobre otros de su mismo sexo. Propuso diversos escenarios de chismes posibles a los consultados. Para las mujeres, lo más atractivo era hablar de las relaciones de otra chica, mientras que para los hombres, fueron las historias de varones enfrentados a deudas o a disfunciones sexuales. Ese especial interés tiene una explicación clara. Según explica el antropólogo de la Universidad de Dalhousie en Canadá, Jerome Barkow, el chisme es también un mecanismo para marcar nuestra superioridad sobre nuestros rivales.

CORRE COMO EL VIENTO
Cualquier persona es un potencial chismoso. El mismo estudio en Ohio reveló que un 82% de los encuestados no resistía la tentación de compartir un chisme con al menos dos amigos cercanos. La explicación pareciera radicar en una hormona llamada endorfina, la misma que libera el organismo cuando realiza ejercicios intensos o durante el orgasmo.

Está comprobado que este tipo de conversaciones eleva la producción de endorfina, dice el antropólogo de la U. de Oxford Robin Dunbar a La Tercera. Claro que en un nivel menor que con la excitación sexual, cuando esta hormona aumenta en un 200%. Pero lo suficiente para que pocas personas se resistan a reproducirlas.

Eso sí, hay algunos individuos que ceden más fácilmente a llenar sus días comentando las aventuras y desventuras de sus cercanos o a dar vida a las más curiosas ideas sobre situaciones que no logran descifrar. Richard Wiener explica que algunas investigaciones han perfilado a los más y menos propensos a estas conductas. Y sus características están también estrechamente vinculadas al rol que creen jugar en su grupo social: aquellos que tienen menos confianza en sí mismos o se sienten menospreciados, dice, son proclives al rumor. “Decirle a un amigo  ‘yo sé algo que tú no’, los hace sentir importantes”, explica.

Pero no hay que confundirse. Que se sientan menospreciados no significa que sean menos talentosos. El investigador de la Universidad israelita de Haifa, Aarón Ben-Ze’ev, elaboró también un perfil sobre estas personas: inteligentes, con buena memoria y gran capacidad para distinguir las asociaciones entre los acontecimientos, son realistas, sensibles y curiosas, con mucha habilidad social.

Los que casi nunca ceden a la tentación de esparcir un chisme, en cambio, son los que se sienten confiados de su papel en el grupo. “Sólo aquellos a los que no les interesa ni les afecta el qué dirán, suelen abstraerse. Personas con mucho poder o, en el otro extremo, sujetos que no tienen nada que perder”, dice De Backer.

LA INCERTIDUMBRE: TIERRA FÉRTIL
Los tiempos de incertidumbre son tierra fértil para el surgimiento de un tipo de chisme muy particular: ese que aflora cuando los grupos se ven enfrentados a situaciones confusas, y otorgarle una cierta veracidad a la especulación ayuda a sus miembros a darle sentido a una realidad caótica o amenazante.

Después del asesinato de una mujer en la U. de Pensilvania, el sicólogo Ralph Rosnow entrevistó a los estudiantes, quienes reportaron haber escuchado entre tres y cinco rumores sobre el crimen. Los que decían que la chica había sido asesinada al azar generaban más temor, pues los convertía a todos en potenciales víctimas. Pero los que indicaban al ex novio como el responsable del homicidio causaban más tranquilidad. Los rumores que generaban más ansiedad tendían a difundirse más rápido. ¿Por qué? El sicólogo Allan Kimmel lo explica: las personas tienden a reproducir un rumor que le causa ansiedad con la esperanza inconciente de que quien lo escucha le rebata con argumentos que lo hagan dudar de su veracidad.

Fuenta: Latercera.com

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