La torre de Babel

La Torre de Babel, El origen de los idiomas

El descubrimiento de la legendaria Torre de Babel dio comienzo con el error de un culto e infatigable viajero medieval, que creyó haberla localizado en el minarete de la Mezquita de al-Mutawakkil en Samarra. En la segunda mitad del siglo XII, por toda Europa bullían los trabajos para construir magníficas catedrales románicas y se podían admirar algunas acabadas recientemente. En la localidad navarra de Tudela vivía un gran número de hebreos, que en varias ocasiones se enfrentaron a sus vecinos cristianos. Benjamín Ben Yonah era uno de estos judíos, que partió para realizar un largo viaje hasta Mesopotamia, la actual Iraq. Pasando de Zaragoza a Amalfi, de la Puglia a Grecia, de Constantinopla a Asia Menor y a Chipre, desembarcó finalmente en Beirut y se dirigió a Jerusalén, ciudad que llegó a conocer muy bien, dado que la descripción que ofrece de ella es mucho más exacta que la de los viajeros cristianos contemporáneos suyos. Después de visitar el Líbano y Siria, pasando por Baalbek, Damasco y Alepo, se dirigió Benjamín a Mesopotamia, a través de Palmira, donde vivía un buen número de sus correligionarios, y alcanzó Bagdad, cuyo califa era tolerante con los judíos. Durante su largo peregrinar –que describe en un relato rico también en informaciones de segunda mano; fue el primer europeo en llamar China al Extremo Oriente–, este incansable viajero se topó con un monumento que, en aquella época no era demasiado antiguo –sólo tenía unos tres siglos–: la Malwiyyah, es decir, el minarete de la gran Mezquita de al-Mutawakkil, en Samarra. Se trata de una espléndida construcción redonda, que se apoya sobre una base cuadrada; presenta un ascenso en espiral que la divide en siete elementos y sobre su cima descansaba una pequeña construcción que después se perdió. Benjamín, como hombre culto y como hebreo, conocía bien la Biblia y especialmente un episodio curiosamente interpuesto, en el Génesis, a la lista de pueblos que conocemos como “La Tabla de las Naciones”. Es el episodio de la Torre de Babel, en el que se cuenta cómo una población oriental llegó a la llanura de Senaar, que por otros pasajes bíblicos se identifica, sin ningún género de dudas, con la zona mesopotámica. Aquí decidieron construir una ciudad y una torre, cuya altura llegara hasta el cielo, con la finalidad de “hacerse famosos y no ser dispersados por la Tierra”. Viendo esto, Dios –continúa el relato bíblico– se preocupó de que aquella gente pudiera hacerle una competencia excesiva –“Un solo pueblo y una sola lengua (…), no será imposible para ellos hacer todo lo que han proyectado”–. Para evitarlo, decidió confundir sus lenguas, para que las personas no se entendiesen entre sí, y las dispersó, de manera que desistieron de construir la ciudad, a la que Dios dio el nombre de Babel: una falsa etimología –“porque había confundido las lenguas”– del verbo hebreo “balbal”, que quiere decir “confundir”. El relato bíblico nada dice de la forma y dimensiones de la torre. Sin embargo, Benjamín debía conocer también otro relato del mismo asunto, el del griego Heródoto, que estuvo en Babilonia a mediados del siglo V a.C., y describió un gran edificio que pudo observar.

A partir de su mención en el Antiguo Testamento, la Torre de Babel adquiere una dimensión superior a su fastuoso valor arquitectónico. Se convierte en símbolo de la confusión que invade al hombre cuando no puede comunicarse con sus semejantes, porque cada uno emplea su propio idioma. Esta situación, inicialmente caótica fue (según el relato bíblico) deliberadamente provocada por Dios, para castigar el orgullo ilimitado de los seres humanos que pretendían llegar a tocar el cielo con sus manos.

“Todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras. Al desplazarse la humanidad desde Oriente hallaron una vega en el país de Senaar y allí se establecieron (…) Después dijeron: <> Y descendió el Señor a ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de Adán y dijo:

-He aquí el pueblo es uno solo y todos tienen el mismo lenguaje; y han levantado esta fábrica; y no desistirán de sus ideas hasta llevarlas a cabo. Descendamos pues a confundir su lenguaje de manera que uno no entienda al otro.

Y esta suerte los esparció el Señor desde aquel lugar por todas las tierras, y cesaron de edificar la ciudad. De donde se dio a ésta el nombre de Babel, porque fue allí confundido el lenguaje de toda la tierra…” (Génesis XI, 1 a 9).

Para tratar de desentrañar el misterio generado alrededor de la torre babilónica hay que partir de la aseveración de su existencia. Sin duda alguna fue un monumento concreto. Cobró gran trascendencia hasta el punto de integrarse al folklore de los pueblos, como respuesta a la inquietud por el empleo de tantas lenguas. Etimológicamente el nombre “Babel” nace de dos raíces. La babilónica “Bab-ilu” (puerta de Dios) y la hebrea “balal” (confusión). Las dos perfectamente aceptables dentro de su valor contextual.

La famosa y siempre buscada torre se elevaba en la ciudad de Babilonia, al sur de Bagdad, en el curso medio del río Eufrates. Allí, en la región denominada Mesopotamia (país de Senaar), se desarrollo a lo largo de 26 siglos (2900 a.C./330 a.C.), una civilización que conoció épocas de gran prosperidad y sabiduría, decisivas para el desarrollo de las poblaciones del cercano Oriente.

El pueblo sumerio es considerado el elemento civilizador de esta región. La tradición dice que los sumerios llegaron por el este. Según los estudios arqueológicos se afirma que constituyen una rama de la raza indoeuropea. Parece que su país originario era montañoso. Esto resulta verosímil y es deducido por el hecho de que sus dioses están siempre representados de pie sobre una montaña. Los sumerios les rendían culto en lugares elevados. Cuando emigraron al valle del Eufrates, no encontraron elevaciones naturales aptas para el culto religioso. Todo era llano. De allí su afición a las construcciones elevadas, ya que creían que cuanto más alto llegaban, más cerca de dios se encontraban. Así a estas edificaciones con propósito religioso las llamaron “zigurats” (colina del cielo o montaña de Dios). Eran torres piramidales escalonadas con un santuario en la terraza y orientadas hacia los cuatro puntos cardinales por sus ángulos. Servían de templos y observatorios a la vez. En cada ciudad importante había por lo menos una de tales torres. El primer zigurat de Babilonia fue construido por Hamurabi (1792-1750 a.C.), sexto rey de la dinastía semita. Dominó toda la Mesopotamia y bajo su reinado Babilonia vivió un gran florecimiento cultural. Al comienzo, el mismo Hamurabi promulgó un código legal que inspiró la famosa ley hebrea del talión: “Ojo por ojo. Diente por diente”.

Una de las descripciones más fabulosas de la ciudad de Babilonia es la del historiador griego Herodoto: “Sobrepasa en esplendor a cualquier ciudad del mundo conocido”, escribía Herodoto hacia el 460 a.C. Pero no es la ciudad de Hamurabi ante la cual él se asombra. Se trata de la Babilonia de Nabucodonosor II, que le dio a esta legendaria ciudad su mayor magnificencia dentro del imperio babilónico, en el 604 a.C. el templo más grande de Babilonia era el Esagil, dedicado a “Marduk”, la principal deidad de la ciudad. Con sus dependencias formaba un cuadrilátero de 550 m por 450 m. Se accedía al Esagil (casa de alta cima) por la “calle de las Procesiones”, avenida ancha de 19 metros y pavimentada con baldosas de caliza blanca y brecha roja.

Cerca del templo se erigía el zigurat, de 90 metros de altura, denominado “Etemenanki” (casa de la fundación del cielo y de la tierra), rebautizado por los hebreos como la torre de Babel. Más allá de la alusión al hecho material de unión de cielo y tierra por medio del zigurat, existe una unión espiritual entre las dos partes organizadas del mundo, según la creencia de la época.

Pero la torre de Babilonia fue destruida por completo. Aunque hoy, gracias a descripciones recogidas en textos antiguos, se puede efectuar una delineación de su arquitectura. Herodoto la describió como del tamaño de un estadio, en su parte inferior. Sobre ésta se superponen siete terrazas, a las cuales se accede por un camino exterior en espiral. Cabe recordar que lo que vio el filósofo griego no es el edificio original, que había sido destruido previamente por orden de Jerges (479 a.C.), sino la construcción remodelada al sufrir deterioros por las distintas guerras e invasiones. Durante las excavaciones realizadas en 1899-1917, por una expedición alemana, dirigida por el arquitecto Robert Koldewey, se encontraron los pisos inferiores de la torre. En la tabla de Esagil figuran las dimensiones de la misma. Dice este documento que la base medía un poco más de 89 metros (los arqueólogos midieron 91,50 metros); que la altura, el ancho y el largo eran iguales; las terrazas, de dimensiones desiguales, eran siete en total. Según las cifras de la tabla, la altura debió ser de 90 metros. El edificio estaba coronado por un santuario en el cual (se le dijo a Herodoto) había una cama y una mesa de oro. Nadie dormía allí, salvo una mujer del país elegida por el dios. Este santuario habría estado destinado a la hierogamia del dios.

La tradición histórica reconoce a este zigurat como el prototipo de la bíblica torre de Babel.

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